A casi 155 años de la resistencia de Paysandú, cercada por las tropas del general Venancio Flores y la escuadra brasileña comandada por el Almirante Tamandaré. Dentro de la ciudad sitiada habia 950 hombres casi sin armas. Sus atacantes, que en un comienzo eran tres veces más, llegaron a sumar 20000. Un mes después, acosados por la falta de alimentos, exhaustos y sin tiempo para enterrar a los muertos, aniquilados en su mayor parte, los defensores resistían todavía. Fue preciso un recurso artero para que las tropas atacantes penetraran en la ciudad. Sus más altos jefes, también engañados por sus captores, fueron fusilados: encabezo la lista, el general Leandro Gómez. A esas ejecuciones inícuas siguió la persecución y acuchillamiento de los cien defensores, apenas sombras en harapos, que todavía quedaban. Muy pocos pudieron huir de la matanza, confundidos con las tropas floristas, amparados en que ellos tampoco llevaban uniforme.

Esta serie tratará de relatar basado en el libro «solo cuando sucumba» del escritor uruguayo Cesar Di Candia. Aunque estos relatos no son imparciales, el relato pretende mantener una distancia capaz de relatar los hechos con una total veracidad. Cuando se habla de la frivolidad con que los uruguayos observan sus propias cosas, cuando el país parece deslizarse en una peligrosa pendiente de indiferencia, no es mala cosa recordar la hecatombe de Paysandú, sin dudas la más importante epopeya de nuestra historia
Capitulo 1: «me sepultaré en las ruinas de mi ciudad»
Cercado por tropas Orientales y brasileñas, sin hombres, armamentos ni municiones, Leandro Gómez, el jefe de la guarnición de paysandú, supo retemplar los ánimos de los defensores de la ciudad hasta convertirlos en verdaderos héroes.
Hace casi 155 años, un cuatro de diciembre, los 950 efectivos que conformaban la guarnición de Paysandú, alineados detrás de trincheras improvisadas en una ciudad naturalmente desprovista de fortificaciones, aguardaban el ataque inminente de un enemigo cuyas fuerzas sumaban en ese momento 3000 hombres pero que se irían acrecentando hasta ser cerca de 20.000 al finalizar el mes. Desde 48 horas antes, cuando comenzaron a desplegarse las tropas al mando del general Venancio Flores, nadie en la ciudad había logrado dormir. Sabían todos, soldados y civiles, que la mayoría no habria de sobrevivir y que su destino mas seguro era el morir masacrados a cañonazos, pero nadie estaba dispuesto a que se repitiera lo ocurrido en Salto. Los defensores de esta ciudad, enfrentados un par de semanas atrás a un ejército cinco veces superior, habían capitulado para evitar su exterminio. Y por más que la dignidad había logrado ser reconstruida fragmento a fragmento con la actitud de su jefe, el coronel Palomeque, quién luego de salir de la ciudad envuelto en una bandera uruguaya viajó a Montevideo para exponer su vergüenza y rogar a sus superiores ser sometido a un Tribunal Militar, en Paysandú se sueña con otro destino donde no caben las aflojadas.
Ni siquiera los civiles quieren abandonar la plaza. Las mujeres se niegan a dejar a sus hombres y unos días después, cuando la ciudad comience a caer a pedazos y el hedor a los muertos haga irrespirable el aire, habra que forzarlas para que junto a sus niños busquen refugio en una isla entrerriana cercana de 3 km de largo que no tenia nombre y pasará a llamarse «De la Caridad». Paysandú, azotado por una seca terrible que ha castigado el campo durante dos años, y por la escasez de alimentos se encuentra en el límite de su resistencia. Los aljibes se están agotando y ya no hay libertos que desagoten los pozos negros y trasladen en hombros los barriles chorreantes hasta la playa.
Han comenzado las epidemias. No hay comercio, no hay trabajo, no hay vida famikiar, el dinero ha dejado de tener valor. Lo único seguro, es la muerte que sobrevendrá inevitablemente en el combate. La mitad de los componentes del millar escaso de elementos de tropa iniciales, habrán de comprobarlo con su propio cuero en las cuatro inmediatas semanas. Unos años después, el soldado Orlando Ribero, se encargo de relatar la tensión de aquellos momentos en un libro llamado «la defensa de Paysandu».
Eran los primeros días del mes de diciembre del año 1864. La ciudad de Paysandu estaba convertida en plaza fuerte. Hacía más de un año que era continuamente amenazada con las apariciones del ejército revolucionario que comandaba el general don Venancio Flores, con el que día a día manteníamos pequeñas escaramuzas, pero que a excepción de uan salida al puerto ejecutada el 8 de enero del mismo año, para proteger el desembarco de un pequeño contingente de la infantería que mandó el coronel don Juan Lenguas en dos lanchones desde Salto, ningún otro hecho llegó a tener mayor importancia
El puerto estaba bloqueado por la escuadra brasilera, que se componía de cinco buques al mando del almirante Tamandare; pero esta escuadra sólo se concentraba en impedir que la plaza pudiera recibir auxilios de guerra. Fuera de esto, no habían sido mayormente hostil hasta la fecha.
Nuestro brillante jefe, el general don Leandro Gomez, con ese espíritu incansable que lo distinguía, mantenía con disciplina y entusiasmo admirable a las tropas que guarnecían la plaza.
Jamás hubo vigilancia de cuartel en los pequeños cuerpos que lo componían, por temor a que los soldados abandonasen sus filas (…)
El hombre que había solidificado la defensa y elevado la moral de la gente hasta lo inverosímil, era el coronel Leandro Gómez. Sus contemporáneos lo han descrito comp un hombre enjuto, de pocas palabras y genio pronto, poseedor de una extraordinaria firmeza de carácter que se evidencia claramente en las cartas, proclamas y comunicados que ha tenido que redactar en las ultimas semanas, dn los que la decisión de morir antes que entregarse ha sido expresada con una emocionante reiteración.

«Este seguro mi querido amigo» -le había escrito en agosto de aquel mismo año a Justo Jose de Urquiza– «que no he de ceder una línea… tengo 800 hombres y con ellos pienso sepultarme en las ruinas de esta ciudad, antes de ver deshonrado el Pabellón de esta pobre Patria». Un mes despues, al dirigir un mensaje a sus hombres, los ha exhortado a luchar contra «el asesino y traidor Flores y sus hordas, que siervos del infame gabinete Brasileño se han mostrado hou alrededor de éste heroico pueblo. En vuestras hermosas frentes leo independencia, instituciones o muerte». Y el mismo día en que da comienzo el sitio definitivo a Paysandú le ha escrito al Ministro de Guerra: «una tumba existe en esta heroica ciudad abierta por la mano de sus defensores en la que han de caer el asesino y traidor Flores y sus hordas o en ella han de bajar cubiertos de gloria los soldados que degienden la independencia nacional a mis ordenes puesto que la lucha que ha de tener lugar ha de ser a muerte necesariamente».
Las promesas y los hechos
Cuando el asedio, y antes de iniciarse el primer bombardeo, las autoridades militares fe la plaza, con el fin de levantar el ánimo de los sitiados, dispusieron que todos los días, a la hora de pasarse «lista», lo mismo que a la de «retreta», por la noche, la banda de musica recorrería la calle principal, desde la plaza, hasta la trinchera, ejecutando marciales marchas; y que las bandas lisas, también contribuyesen con sus alegres sones a dar esa nota de animación.
En la mente de los sitiados y no obstante las prevenciones del gral. Flores para el caso de resistencia, y de la actitud que asumían los buques de guerra brasileños que se alistaban ostensiblemente para proceder al bombardeo, no estaba bien arraigada todavia la idea de que se procediera en consecuencia, porque algunos de los jefes y oficiales de las naves extranjeras neutrales anclados en el puerto, habían expresado con anterioridad a algunos militares de la guarnición, que ellos se opondrían de todas maneras a que los brasileños dispararan desde sus naves un solo tiro desde la plaza