
LA CAMPESINA Y EL DEMONIO
Desde su nacimiento las ovejas aprenden a mantenerse cerca de la manada y dentro del corral. Saben que existe un mundo de oscuridad y muerte màs allà de la cerca, en lo profundo del bosque, donde acechan los demonios. Afortunadamente para defenderlas està la campesina. Una mujer robusta de facciones rìgidas que se ocupa diariamente del bienestar de la manada. Al punto que cuando el espacio resulta insuficiente, suele llevar a un pequeño grupo del rebaño a otro corral, y de ese modo todas las ovejas se sienten protegidas y cuidadas. El dìa siempre transcurre plàcidamente. Las ovejas disfrutan la fresca textura del verde pàbulo y las caminatas por el campo, las màs pequeñas juegan a las escondidas y las adultas se echan cerca de algùn charco de agua y miran hacia el cielo. Todo eso cambia cuando llega la noche. Los aullidos de los demonios claman en la oscuridad y cientos de ojos brillantes, ocultos entre el follaje, acechan en el horizonte.
El rebaño se mantiene unido. El miedo crece incontrolable mientras los lobos se arrastran entre la maleza. Salen de su infierno para invadir el regazo seguro de su cielo. Entonces viene la protectora, hace un gesto de silencio y la manada se siente segura. La mujer camina con pasos firmes hacia el bosque y dispara hacia la oscuridad con un pesado rifle de caza. Los demonios huyen y los aullidos se vuelven un silencio de ramas agitadas.
Un dìa ella llegò con varios cepos de caza y los dispuso en cìrculos cerca de las tranqueras. Al llegar la noche nuevamente el hambre invocò a los demonios. Y en la oscuridad cientos de ojos brillaron como estrellas distantes.
Repentinamente un grito de dolor, un aullido ya no de amenaza sino de sùplica desgarrò el silencio del monte. Uno de los demonios tenìa parte de su pata descarnada y el resto de la jaurìa, que lloraba a su lado, impotente por no poder ayudarlo, se dispersò ràpidamente con los estàmpidos del rifle de la granjera. Al llegar al cepo de caza, mirò con desprecio al animal y lo rematò de un balazo en la cabeza. Nuevamente la paz volviò al redil y las ovejas pudieron descansar toda la noche. “Mientras ella nos protega, los demonios no podràn comernos” Pensaban. Aunque el miedo hacia los lobos era algo que se transmitìa de generaciòn en generaciòn. Durante los días siguientes el espectro de aquel lobo aparecía por las noches y pasaba a través de las ovejas mirándolas con una pena infinita. Luego desaparecía entre las sombras mientras el viento ululaba entre los árboles.
Se acercaba el verano y las luces y el bullicio en la casa anunciaban la llegada de la Navidad. El lugar se colmò de familiares de la campesina que llegaban en carros con mastines exaustos. Esa noche la mùsica y las voces de los humanos exorcizaron el aullido de los demonios pero en su lugar se revelò un miedo desconocido, una sensaciòn aùn mucho màs inquietante que la vista de los brillantes ojos fijos de los demonios en el bosque.



Durante el crepùsculo, varias ovejas fueron trasladadas por dos hombres con fajas y cuchillos en la cintura hacia el lado este por un camino de tranqueras y charcos de agua. El resto de la manada las perdiò de vista y pensaron que habìan sido arreadas al otro lado de la casa. Las ovejas caminaban tranquilas porque sabìan que mientras aquella granjera se encuentre a su lado nada malo podrìa pasar. Era su madre humana al final de cuentas. Sin embargo lo imposible se manifestò: los hombres y la mujer las manearon con alambres y sogas y enrollaron cadenas alrededor de sus cuellos. Luego, al ver las parrillas con carbones encendidos y el brillo enceguecedor de los cuchillos comprendieron el horror de su destino. Una tràs otra fueron degolladas. Y en ese breve pero intenso instante que divide la vida de la muerte entendieron que vivieron temiendo a los lobos, a la noche, al bosque, sin razonar que habitaron el infierno desde siempre confundièndolo con el cielo. La verdad se develò un segundo antes de morir: el verdadero demonio era la campesina.

