
No era la residencia de una familia de apellido Expósito, sino el lugar donde funcionaba el orfanato que recibía a los niños abandonados de la ciudad de Buenos Aires.
Si bien el organismo fue fundado en 1779, a causa de los numerosos bebés abandonados por madres que fueron embarazadas durante una violación, la sede más recordada es la que funcionó desde 1873 en un edificio sobre el nacimiento de la Avenida Montes de Oca, en el barrio de Barracas, donde actualmente se encuentra el hospital Pedro de Elizalde (antes Casa Cuna).

Los motivos del abandono eran varios: hijos ilegítimos, hijos extra matrimoniales, mujeres solteras, incesto, violaciones. Mayormente, los niños eran dejados en la puerta de las iglesias o en cualquier lugar de la calle. No pocas veces el transeúnte se encontraba con recién nacidos sin vida. A veces aparecían ahogados en un charco o un tacho, comidos por animales o atropellados por vehículos durante la noche. Pero algunos pocos lograban sobrevivir y eran curados, ingresados y mantenidos en la Casa de Expósitos.
Aquellas madres que dejaban personalmente a su hijo, contaban con un espacio donde depositar al niño. Era un dispositivo giratorio, que contaba con una campanita que la progenitora hacía sonar para que del otro lado alguien del personal del instituto hiciera virar la cunita y recibir al recién llegado. De este modo se preservaba la identidad de la mujer, lo que ayudaba a disminuir los casos de abandono callejero.

Una vez que los niños abandonaban la lactancia, eran localizados con diferentes familias. En general, se los asignaba a familias ricas, que no siempre los acogían como hijos, sino que los utilizaban como mano de obra barata. A principios del Siglo XX este fue un tema de discusión muy habitual en los medios escritos. A causa de ello, era normal que esos chicos se escaparan, y en algunos casos, volvieran al complejo de Barracas. Aquellos que no eran ubicados seguían en la Casa de Expósitos hasta que alcanzaran la emancipación, momento en el cual eran libres de elegir su suerte. En la mayoría de esos casos, continuaban trabajando en el orfanato.
Los niños eran bautizados con dos nombres, sin apellido, aunque algunos eran apellidados Expósito.

El siguiente artículo de Caras y Caretas del 11 de noviembre de 1889 nos grafica la situación con mayor profundidad:
«Entre los establecimientos de caridad que tiene á su cargo la Sociedad de Beneficencia, uno de los más simpáticos y acaso de los más útiles y necesarios, es la Casa de Expósitos. Creada para amparar á la niñez abandonada, llena su misión con el celo tierno y amplio de una santa institución. Guardan la casa abnegadas hermanas de la caridad, y al verlas atravesar con el cariño y la sonrisa en los labios, por los largos corredores y las salas llenas de pequeñas cunas á medio cubrir por cortinas blancas como capullos de algodón, cualquiera diría que era la misericordia misma que pasaba. Llegamos á la casa en momentos en que los pequeños asilados hacían ejercicios en el patio destinado á la gimnasia, acompañados de una hermana de la caridad que, a la vez de vigilarlos, les enseñaba juegos diversos, decidía en las riñas de los más levantiscos, daba sentencia en porfiadas carreras, arreglaba los tocados de las niñas y los delantales de los varoncitos, repartía galletitas y dulces á los más golosos y reprendía á cada momento con una modulación de voz tan suave que cualquiera la hubiera tomado por una tierna madre contemplando amorosamente el juego de sus pequeñuelos. Nuestra presencia les llamó inmediatamente la atención: íbamos en compañía del médico interno del establecimiento doctor Ruiz Huidobro, y al presentarnos en el patio, la hermana dio la voz de silencio, en segunda. Cesaron instantáneamente los juegos y en el mismo lugar en que se hallaba cada niño se cuadró militarmente, las niñas, muy derechas, pusieron las manos en la espalda mirándonos con ojos de curiosidad. La inconsciencia de la niñez es suficientemente buena para no dejarles comprender el horror de su situación. Les dijimos que íbamos á retratarlos y que debían formarse y estar muy quietos algunos momentos; uno muy audaz nos contestó que no éramos doctor y que no teníamos por qué mandarlos; los demás celebraron la respuesta con carcajadas que parecían trinos de pájaro: pero intervino la hermana y nadie chistó. Colocados convenientemente y queriendo hacerlo mejor, la hermana de la caridad prometió dulces al que permaneciera sin moverse, y aquí fué Troya: una pizpireta de cabellos ensortijados y rubios salió del grupo y fué á cobrar adelantado el precio de su inmovilidad, los demás la siguieron y fue aquello una de gritos, una de «á mi», «á mí», que no acababa nunca y que se hubiera prolongado quién sabe por cuánto tiempo si la celadora no hace uso de su silencio, en segunda. Sacamos nuestro grupo y pasamos á recorrer el establecimiento. Hay 16 salas dormitorios, cada una de las cuales tiene 32 cunas para niños y 8 camas para las amas, de manera que cada ama cuida y amamanta dos niños, ayudándose en la crianza con leche de vaca, perfectamente esterilizada y en la abundancia que es necesaria. Los dormitorios están bien ventilados y llenos de luz; grandes ventanas y puertas les renuevan sin cesar el aire permitiendo mantener la temperatura interior en un grado casi invariable. Para los días fríos hay estufas centrales que regularizan esa misma temperatura. Es de notar; que en el establecimiento, propiamente pues aquellos que aparentan más salud y son más robustos se dan á las amas externas, las que para ser admitidas en la casa tienen que someterse á un examen médico que constate que no padecen de enfermedad infecciosa, al análisis de la leche para saber si ella tiene suficiente fuerza nutritiva.
Actualmente el establecimiento ocupa más ó menos 800 amas externas. La recepción de los niños se hace hoy de una manera distinta á la que se hacía hace cinco años. Hoy, el que va á depositar un niño, se presenta al empleado que continuamente ocupa su mesa en una pequeña salita situada al lado izquierdo de las puertas de entrada, da los datos que buenamente quiera dar, sin que se le hagan preguntas indiscretas, y únicamente el empleado observa que cuantos más datos se den para la futura identificación, tanto más favorecen al niño. Recibido éste, se le entrega inmediatamente al ama en turno, y ésta lo lleva á la sala que también por turno le corresponde, y ocupa su cunita, á la espera del reconocimiento médico. Prevenido el médico interno, acude á examinar al nuevo asilado, lo pesa, completamente desnudo, en una balanza especial, manda abrirle una libreta, en la que se apunta el número de órden de entrada, que es el triste nombre del niño; la edad probable, las señas particulares, el peso, que por lo general está comprendido entre dos y dos y medio kilos, y los demás datos que haya dado el depositante. Llenadas estas formalidades, se asea perfectamente al niño, se le viste con ropas proporcionadas por el establecimiento, y completamente nuevas, y pasa á sufrir un nuevo examen: es el reconocimiento de la vista, pues conviene saber que las enfermedades más comunes en el establecimiento son las de los ojos. Si algo se le encuentra, va á ser curado por medio de lavajes, en la enfermería especial pára los atacados de la vista, donde Anastasia, una criolla de buenas carnes y agraciada, despacha el asunto con la rapidez del más ducho enfermero. Después se sigue con el asilado la misma vida ordinaria que con los demás, rodeándole de atenciones cariñosas, de que probablemente hubiera carecido en su propia casa, y tratando de compensarle con abundancias materiales la miseria moral que le acompaña desde el momento de su nacimiento. En este primer establecimiento, que todo el mundo llama La Cuna, permanecen los niños hasta la edad de tres años, cumplida la cual pasan á otra casa llamada Asilo de Niños Expósitos, en donde se les de amas externas. Las dependencias de la casa son muy extensas y completas.
Hay un departamento de costura y tejidos de lana, en el que funcionan continuamente 16 máquinas de coser y seis aparatos para tejer medias, batitas, vestidos y demás ropas de punto; un laboratorio en el que se hacen análisis de toda especie y se cultivan distintos microbios en una estufa especial; una sala de baño, con su pileta de mármol, perfectamente cómoda y apropiada para los pequeños bañistas; una amplia cocina, en la que pasea sus dientes de mazamorra la morena Fausta, cocinera de más campanillas que un altar mayor, y después la farmacia, el gimnasio, la carpintería, la huerta, el jardín y cuantas comodidades son precisas para un establecimiento de esta especie.
El director de la casa es el doctor Juan Bosch, quien tiene á sus órdenes un personal numeroso y competente.
En el personal de empleado interiores figuran tres que son una verdadera curiosidad: dos mujeres, Telesfora y Emiliana, ex asilas, completamente ciegas, Io que no les impide ser buenas obreras del taller de costura, y el ciego Eduardo, expósito también, que es carpintero y herrero á la vez, y que, provisto de su metro toma medidas y fabrica muebles como cualquier otro oficial. El día que visitamos el establecimiento estaba ocupado en hacer pequeños cajones mortuorios para sus hermanos de infortunio.»

Como dato de color, la Casa de Expósitos quedaba justo enfrente de la mansión Cambaceres, donde el 31 de mayo de 1902, un criado de la residencia cruzó desesperado la avenida Montes de Oca para solicitar un médico con urgencia, pues la dueña de la casa, Rufina Cambaceres, se había desmayado mientras se cambiaba para ir al teatro en el día de su cumpleaños. Eran las seis y cuarto de la tarde. El médico residente, Carlos Ruiz Huidobro, fue raudamente hasta la habitación de Rufina, pero lamentablemente ya era demasiado tarde, estaba muerta. Ruiz Huidobro firmó el acta de defunción y la causa de muerte fue síncope (hoy muerte súbita).

Por último, nótese que en la fotografía de los últimos dos niños ingresados al asilo en el Siglo XIX, el artículo es del ejemplar del 12 de enero de 1901 de Caras y Caretas. Esto nos permite apreciar que en el cambio de siglo anterior al nuestro, los argentinos de entonces celebraron el arribo de la nueva centuria cuando correspondía, el 1 de enero 1901, no como erróneamente sucedió el 1 de enero de 2000, fecha que se tomó, pese a algunas voces que advirtieron el yerro, como momento del cambio de siglo y también del milenio.




