

En 1991, Marta Cichero se hallaba trabajando en su libro Cartas peligrosas. Poco antes de la impresión del libro, el padre Benítez –quien fuera asesor y confesor espiritual de Eva Perón–, en una de las tantas entrevistas que mantuvieron en la calle Blas Parera, le entregó a Cichero un valioso documento. Era una carta a Blanca Duarte de Álvarez, una de las hermanas supervivientes de Evita, fechada el 3 de enero de 1985. Le aclaró, aunque sin dar demasiadas explicaciones, que era perentorio que la publicara en su libro.
En la inmensidad de esa carta, un fragmento rezaba:
Pero –escúcheme bien, Blanca– lo que más me conmovía aquella noche, ante los despojos de Evita, en medio del impresionante silencio de la residencia, era que veía alzarse su corazón ya sin latidos, como una patena, ante el rostro de Dios, brindándole el holocausto de un inmenso dolor. De un dolor que jamás se sabrá en este mundo. De un dolor más meritorio a los ojos de Dios que su lucha en favor de los necesitados, con ser ésta heroica, como no cabe negarlo. Usted sabe muy bien a qué dolor me refiero. Sabe quién lo provocaba y de qué manera. Dolor que, como ningún otro, desgarró su corazón. Más, mucho más, que la enfermedad. Lo hemos comentado en nuestras conversaciones, con usted y Chicha, sangrándonos todavía el corazón.
Con qué ganó más Evita el corazón de Dios: ¿con ése su secreto sufrimiento, que ignorará la historia, o con su obra social pública, en la que –como no podía ser de otro modo– se mezclaba mucho de vanidad, mucho de éxito mundano, mucho de política y ostentación? Sorprendente: lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorarán las gentes. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas. La de usted, la de Chicha, la mía, y no sé si de alguien más.
Evita murió el 26 de julio de 1952, a los 33 años, a causa de un cáncer de útero. “Padre Benítez”, le había dicho Evita pocos días antes, “usted sabe que estoy en un pozo y que de este pozo ya no me sacan ni los médicos, ni nadie, sólo Dios…”.
De acuerdo al cura Benítez, en una de esas charlas finales, Evita le confesó un secreto que la atormentaba, un dolor muy profundo similar al que experimentaron algunos santos. Según sus propias palabras, solo tres personas de confianza, entre las que se contaba él, se hallaban presentes en ese momento.

Hacia el final de su vida, Benítez se reía cuando algún biógrafo le pedía una pista acerca del secreto y hasta llegaba a considerarlos vulgares. Decía que jamás iba a traicionar el juramento y a la vez, bromeaba con sus interlocutores y les preguntaba: “¿Usted qué piensa que es?”. Ante el planteo de un posible descendiente no reconocido por parte de Evita, Benítez aclaraba: “Si Evita estaba inconsciente cuando nació la hija y pensó que había muerto, ¿por qué habría de sufrir?”.
Marta Cichero señaló algunos años después, haciendo referencia a aquel episodio, que “por algún motivo él le daba más importancia a esta carta que a todas las otras que me había entregado. Lo supe cuando se publicó el libro y leyó la carta a Blanca…”. Otro historiador, Norberto Galasso, que entrevistó reiteradas veces al cura Benítez, argumentaba que el sacerdote jesuita tenía una “obsesión enfermiza” con aquello del gran secreto de Evita y que inclusive, en algunas oportunidades hacia el final de su vida, eso lo hacía desvariar.
Aunque el cura Benítez nunca confirmó públicamente que el secreto confesado por Evita estuviese relacionado con un embarazo abortado, o con un bebé entregado en adopción, tampoco negó la versión.
Las conjeturas sobre el verdadero secreto, realmente, son muchas.
La historiadora Lucía Gálvez narró un hecho trágico en la vida de Evita y, aunque sea difícil de comprobar, es probable que haya tenido gran influencia en su vida de haber sido así.
Eva era una adolescente resuelta que soñaba, como muchos provincianos, con viajar a Buenos Aires para conquistar su sueño de ser actriz. Dicen que contagiaba entusiasmo y según Gálvez, alrededor de 1934, dos jóvenes estancieros la invitaron a ella y una amiga a viajar a Mar del Plata con la excusa, seguramente, de luego recalar en Buenos Aires. En la versión de Gálvez, fueron engañadas y aquellos estancieros, luego de intentar violarlas, las habrían arrojado a la vera de una ruta semidesnudas.

Otros autores señalaron que, por aquella época, antes de su llegada a Buenos Aires, Evita mantuvo un romance con el sindicalista anarquista Damián Gómez, que poco después de iniciada la relación, fue detenido y enviado a Buenos Aires, donde murió víctima de la tortura policial, sin que Eva pudiera visitarlo en la cárcel. Galasso relacionó también esta versión con la auténtica motivación que llevó a Eva a viajar a Buenos Aires, mucho mayor que la de su deseo de ser actriz. También hay una enigmática referencia en una carta enviada a Perón el 9 de julio de 1947 (“Te juro que es una infamia; mi pasado me pertenece, por eso en la hora de mi muerte debes saberlo, es todo mentira”).
Algunos años después, radicada definitivamente en Buenos Aires, Evita vio concretados sus anhelos, aunque proseguía una carrera cinematográfica sin éxito alguno. A pesar de su posterior noviazgo con Olegario Ferrando, el dueño de Pampa Film, apenas logró alcanzar un éxito notable en el mundo de los radioteatros.
Sus detractores reiteraron que los mínimos avances logrados en su carrera artística fueron el resultado de una serie de relaciones íntimas con hombres de poder, una falacia emergida del odio opositor. Aunque no hay dudas de que Evita perdió su virginidad durante esos años difíciles y de economía inestable, no es cierto que haya accedido al éxito como actriz por medio de la cama. En ese aspecto, Felipe Pigna señaló: “Era una época tremenda para la mujer y más queriendo ser actriz. Regía el derecho de pernada, ‘querés ser actriz, tenés que pasar por mi cama’, algo que no ha desaparecido aún, pero en ese momento la mujer estaba más indefensa. Ella estaba expuesta a esto, contó sus rechazos y que alguna vez lo tuvo que hacer, pero lo intrépido de Evita no está tanto en ese momento sino en lo que viene después, lanzarse a hacer lo que hizo, como ir a visitar los principales países del mundo.”
Durante los primeros meses de 1943, misteriosamente, Evita desapareció de la escena pública. Una explicación da cuenta de que estuvo postrada por una enfermedad seria, otra de que no recibía propuestas interesantes de trabajo y una última alegaba un embarazo.
A pesar de estos vericuetos, se presume con cierta certeza que Eva estuvo embarazada en al menos dos oportunidades. Una en sus tiempos de actriz radial y otra en 1945, luego de haber conocido al general Perón.
Libertad Lamarque, que compartió cartel con Evita en La cabalgata del circo (1945), relató en su autobiografía: “No sé cómo era su carácter. No mantuve jamás una conversación con ella; solamente, al pasar una vez, oí que le comentaba a alguien: ‘Tengo la pancita inflamada, pero no hay que preocuparse, aquí hay un peroncito’”.
Una revista de 1993 retomó la misma línea abordada por Lamarque y publicó un artículo donde se decía que Perón había dejado embarazada a Eva en 1945, y que luego sufrió un aborto espontáneo, al igual que Isabel Perón en dos oportunidades.
Más recientemente en el tiempo, y como sucedió también con Juan Domingo Perón, hubo quienes intentaron reclamar parentescos, aunque muchos alegatos sonaron a puro cuento.
En 1999, se hizo pública la noticia de que Nilda Argentina Quartucci, hija del reconocido actor y exboxeador Pedro Quartucci, había presentado una demanda de filiación ante el Juzgado 38 de la jueza Mirta Ilundai, donde afirmaba haberse enterado a los 28 años que Eva María Duarte era su verdadera madre. Nilda, nacida en 1940, solicitó entonces un estudio genético de ADN que permitiera confirmar el vínculo.
En palabras de Nilda, su padre habría mantenido un romance con Evita a principios de 1940, durante la filmación de una película en la que trabajaron juntos. Fruto de esa relación, habría nacido una niña y el actor se habría quedado con ella, comunicándole a Evita que la bebé había muerto al nacer. El actor habría trasladado a la bebé a su vivienda ubicada en la calle Sadi Carnot 470, donde vivía con su esposa, la también actriz Felisa Bonorino, y la habría inscripto a nombre de ambos.
El asunto terminó el 15 de febrero de 2006 con la resolución de los camaristas Galmarini, Posse, Saguier y Zannoni que, además de comprobar la inexistencia del vínculo biológico entre Pedro Quartucci y la peticionante, desvirtuaron la verosimilitud de la demanda iniciada. Tras exámenes genéticos con una de las hermanas supervivientes de Eva Perón, se concluyó la inexistencia del vínculo biológico alegado entre Nilda y Evita, como así también el referido con sus padres adoptivos.
De nuevo, la incertidumbre del comienzo se une con la del final.
Las palabras del cura Benítez al comienzo de este artículo son premonitorias: “Lo ignorarán las gentes. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas. La de usted, la de Chicha, la mía, y no sé si de alguien más”.
No es curioso que nadie haya seguido investigando. El cura Benítez murió en 1996, Blanca Duarte en 2005 y Erminda “Chicha” Duarte en 2012. Fiel al juramento que hicieron frente al lecho de muerte de “la abanderada de los humildes”, jamás confesaron el secreto de Evita.
Si aquello revelado en el crepúsculo de su vida estuvo vinculado a una maternidad frustrada, por los años de los años jamás se sabrá.

Bibliografía
· Benítez, Hernán; Cichero, Marta. “El secreto de Evita”, en Página/12. Buenos Aires, 26 de julio de 1998.
· Galasso, Norberto (2012). La compañera Evita. Buenos Aires, Editorial Colihue.
· Gálvez, Lucía (2001). Las mujeres y la patria: nuevas historias de amor de la historia argentina. Buenos Aires, Editorial Norma.
· Lamarque, Libertad (1986). Libertad Lamarque: autobiografía, Buenos Aires, Editorial Vergara.
· Marziotta, Gisela. “Felipe Pigna: ‘Eva era una mujer muy inteligente, con una gran capacidad de aprendizaje’”, en El Planeta Urbano. Buenos Aires, julio de 2012.
· Page, Joseph A (2005). Perón: una biografía, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
· Pigna, Felipe (2010). Los mitos de la historia argentina 4: La Argentina peronista (1943–1955), Buenos Aires, Grupo Editorial Planeta.
· Riera, Daniel (2012). Nuestro Vietnam y otras crónicas, Buenos Aires, Editorial Aguilar.