Eran amantes eternos
buscarse una y otra vez
era su karma
Isabel Allende
SECRETOS DE ALCOBA
Capítulo 1:
Había llovido durante una semana y la crecida del río anegó gran parte de los campos al norte de la Provincia de Buenos Aires. El restaurador impartió órdenes para arrear el ganado hacia las tierras altas y agregar piedras alrededor de los trapiches y molinos para proteger el producto de la cosecha. Pedro Rosas, con 24 años recién cumplidos, era circunspecto y taciturno, a veces tartamudeaba y tenía un ligero temblor en el párpado derecho cada vez que sonreía. Ese día, sin embargo, sintió miedo. No hacia algo en particular sino en la lectura de los ojos erráticos de su padre. Por primera vez en tantos años había un silencio incómodo entre ambos.
- Vaya al trapiche a ayudar a los hombres y al terminar el día lo espero en el zaguán. Tenemos que hablar cosas de gran importancia para su destino. Ordenó el restaurador. Pedro intentó preguntar pero supo que a su padre no le gustaba repetir las cosas dos veces y menos dar explicaciones.
Estuvo inquieto todo el día. El miedo fue agigantándose. Escampó a media tarde y el cielo se asemejó entonces a una inmensa bandera de la patria. A lo lejos las tropillas volvían al galope en dirección a la estancia; pequeños grupos de indios formaban círculos alrededor de un fuego y cruzaban sobre una vara recta el cuerpo despachurrado de un ñandú dentro del cual cocinaban un guiso de yerbas y pescado. Apuró el galope y el zaino por poco se desboca en una hondura de barro. Entre la arboleda parpadeaban las luces del rancho y el corcoveo de los caballos en los palenques le indicó que Rosas y sus hombres ya habían llegado. El miedo creció. Tenía ganas de huir y llorar al mismo tiempo. Se detuvo unos minutos sobre el cementerio de los brujos y percibió el horror de los nativos profanando ese lugar sagrado, cerniendo con piocha y azadón unas osamentas de gigantes que, según el Popol Vuh, eran los restos de los Dioses que crearon el mundo. La órden de destrucción del restaurador no admitía reparos. Pedro conminó al más anciano de la partida a que apresuren el trabajo y reduzcan los restos de esos demonios a polvo, que por ellos la tierra quedó maldita desde antaño.
Atravesó las salas de la casa como un forastero, tenía esa extraña sensación de que las cosas lo miraban, como si les hubiera brotado el ánima y siguieran sus pasos. Al llegar al zaguán encontró a Rosas empuñando el sable de San Martín: saltaba en círculos y avanzaba hacia un perchero de madera mientras emulaba el gesto de girar el ala del sombrero como hacía el General. Era un hombre corpulento y aquella escena hubiera resultado hilarante de no ser porque era Rosas, el supremo, el caligula del Plata a decir de sus enemigos. Cuando vió a Pedro se detuvo y guardo cuidadosamente el sable en una caja de madera de ébano y recobró la turbidez en la mirada.
- Siéntese. Dijo con voz apagada, como tomando aire y sin apartar la vista del joven. Levantó la mano derecha y apuntó el índice hacia el cielo. – Le voy a decir algo: Usted es hijo de un hombre más grande que yo, que se llama Manuel Belgrano.
Pedro tuvo la certidumbre que aquella confesión lo acompañó durante toda la vida: la sentía en la piel, en los sueños.
_ Entonces seré Pedro Rosas y Belgrano. Afirmó enérgico.
Rosas prosiguió. __ Tiene una hermana. Ella no sabe que usted existe y se cruzaron ambos solo una vez en una tertulia en casa de los Saenz Valiente. Búsquela. Cumpla la voluntad de su padre…
Continuará…