SECRETOS DE ALCOBA
CAPITULO 2
Aquella tarde fría de julio desembarcaron en el puerto de Santa María de los Buenos Aires un centenar de esclavos aquejados por los síntomas de la peste: algunos vomitaban una espuma oscura de astrabilis y gritaban en yoruba. Se los aisló en unas jaulas improvisadas detrás del cabildo. El capitán del barco argumentó que fue una intoxicación producto de fiambres manidas y debió quedarse en puerto con custodia pública , por órden de la primera junta de gobierno, hasta que el cargamento fuera ápto para su comercialización. La órden fue firmada por el mismísimo Cornelio Saavedra. Todo lo que llegaba por mar era mirado con lupa: La desconfianza hacia el inglés habia dado paso a una especie de confabulación social hacia Napoleón y una lealtad melancólica por la casa real de España.
María Josefa y Encarnación Ezcurra se detuvieron unos minutos frente a las jaulas y observaron particularmente a una niña de ojos grises con los labios deformados por el látigo. Ignacio Ezcurra se anticipó al impulso maternal de sus hijas y las retó en público.
_ Alá, que llegaremos tarde al ágape del Consulado. No vayan a contraer la peste y llamar la desgracia para la familia!
Encarnación, que era la más rebelde, lo miró desafiante y en ese breve espacio de tiempo cruzó trotando un jovén con aspecto aniñado, de hombros anchos y sonrisa pueril que por poco atropella al párroco Manuel Alberti.
_ Es un crío de los Rosas, un lechugino. Sentenció María Josefa.
_ Será mi marido. Aseveró Encarnación.
Rosas miró de soslayo a María Josefa y le guiñó un ojo. Intervino entonces Don Ignacio tomando a sus hijas del brazo y censuró al pretendiente en plena calle. El joven volteó el rostro, fustigó al caballo y salió a trote hacia el solar del norte.
_ Estos pelafustanes, acabarán gobernando el reino. Profetizó Ignacio Ezcurra.
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El defensor del Rey
Era rubio y de buen porte, de ojos celestes, rubicundo, tímido y con una voz de pito que parecía revelarse al paso del tiempo. Caminaba dando pasos amplios y con la mirada casi siempre hacia abajo, motivada por la timidez o la torpeza. Se llamaba Manuel José Joaquín del Corazón Jesús Belgrano y era graduado en derecho en España. Ese joven diminuto iba a comandar al ejercito contra los realistas y había sido protagonista de la rebelión de las colonias contra Francia en el cabildo abierto de 1810 . Fiel al rey de España, había enarbolado la bandera con los colores de la casa real de los Borbones para dejar en claro cuáles eran los principios del naciente gobierno patrio.
María Josefa se enamoró a primera vista. Avanzó detrás de él a duras penas abriéndose paso entre hombres que caminaban apurados, con rostros de tragedia inminente. Y es que el consulado parecía un mercado persa con beduinos de levita que iban y venían con documentos de Europa y gruesos libros de actas con lomos forrados en cuero y aires circunspectos de urgencia diplomática. Belgrano sirvió dos copas de jerez y se acercó a ella, decidido, con el valor del silencio en los ojos, empujado por ese brillo que ardía en ella y lo embriagaba.
- Sepa vuestra merced, que soy un hombre de letras que abraza las armas por amor a sus principios; sepa también que camino junto a la soledad y a todas las tristezas conocidas e ilusorias desde que tengo uso de razón.
_ Sepa usted, General, que yo no me doy por vencida. Respondió ella y acercándose más allá de todo protocolo se quedó mirándolo, respirándole tan cerca que él podía escuchar sus latidos.
El supo que todo su mundo era ella y unos meses despuès, apenas una semana antes de su encuentro con San Martín, en el siempre mágico y misterioso instante que precede al fuego entre dos cuerpos, con la lluvia y el frío extendiendo una cortina plomiza sobre el campo, la vieja soledad corrió en cordovana por la tierra repentinamente envejecida.
El pretendía un noviazgo acatando las normas de rigor. Ella no le dió tiempo, lo acabalgó en el sillón del zaguán y le quitó el destino arbitrario y todas las tristezas conocidas e ilusorias con marcas de labios y rasguños desesperados.
_ Seré su manceba. Susurró María.
_ Mi amor. Alcanzó a murmurar él, extasiado en la blanda piel de mujer donde se derrumbó y hubiera muerto de ser necesario.
_ Su puta. Aclaró ella. Su puta. Mi general.
Continuara…