Las tres muertes de Gardel
La primera se dió en 1893, apenas arribó con su madre a Buenos Aires. Berthe trastabilló con el niñó en brazos y estuvo a poco de caer a las aguas. Otros pasajeros la socorrieron y el incidente no tuvo mayores consecuencias.
» Mal presagio » comentó Berthe ante dicha situación.
La segunda muerte ocurrió la madrugada de un 11 de diciembre de 1915, de mano de quien fuera tío del luego reconocido revolucionario che Guevara.
Los hechos
Bien entrada la madrugada del domingo, El Zorzal dio por terminada la fiesta, se despidió de todos y salió a la calle acompañado por su amigo Elías Alippi. Apenas había caminado unos metros fuera del local cuando escuchó que alguien le gritaba desde atrás:
-Ya no vas a cantar más “El Moro”.
Casi al mismo tiempo, el balazo disparado por Roberto Guevara le entró por la espalda y lo derrumbó.
Alippi y otros amigos lo subieron así herido a un auto y lo llevaron sin perder tiempo al Hospital Fernández, donde el médico de guardia comprobó que tenía una bala alojada en el interior del cuerpo, ya que no encontró orificio de salida. Poco después lo llevaron al quirófano, donde el cirujano comprobó que el plomo estaba en el pulmón izquierdo, pero que extraerlo era más peligroso que dejarlo allí.
Gardel pasó varios días internado y luego terminó de recuperarse en su casa. El atentado había fallado, pero estaba seguro de que su vida seguía pendiendo de un hilo: en cualquier momento podían volver a tratar de matarlo.
Entonces le pidió auxilio a su amigo Juan Ruggiero. La disputa se creo porque el dueño del chantecler se enteró de la relación amorosa con su querida Rittana y envío a su pistolero de confianza a matar al zorzal.
-Juan, tenés que ayudarme. Garesio no se va a quedar tranquilo hasta matarme –le pidió Gardel a su amigo.
Ruggierito no pudo negarse. Además lo pedía también Don Alberto Barceló, intendente de Avellaneda, quién incluso le consiguió una cédula a Gardel diciendo falsamente que había nacido en Avellaneda. Gardel siempre estuvo a la altura de áquel gesto. Incluso su último recital fue en Avellaneda. Zona que conocía perfectamente ya que con Ruggerito solían frecuentar bailes y prostíbulos de Avellaneda y el doque.
Ruggiero esa misma noche fue al Chantecler y habló con Garesio, de quien también era amigo.
-Por favor, déjalo tranquilo a Gardel. Lo que pasó fue, y ya no se puede volver atrás –le dijo, y para que no quedaran dudas, agregó- Te lo pido yo.
Al dueño del Chantecler no le quedaron dudas de que Ruggierito hablaba en serio, lo cual significaba que, si volvía a molestar a Gardel los tiros iban a ser para él. A regañadientes, le prometió olvidarse del asunto.
A pesar de la promesa, Juan Ruggiero no quiso dejar ningún cabo suelto y se acercó a la mesa donde estaba Roberto Guevara, acompañado por otro pistolero de apellido De la Serna.
-Si lo tocan a Gardel, hay guerra –les dijo sin siquiera saludar y tampoco esperó respuesta. Sabía que no hacía falta.

Cuando Carlos Gardel murió en el accidente aéreo de Medellín y empezaron a tejerse conjeturas sobre un tiroteo en el avión debido a aquella bala que los forenses encontraron en su pulmón izquierdo, Juan Ruggiero llevaba casi dos años muerto.
El 21 de octubre de 1933, luego de pasar la tarde en el Hipódromo de La Plata, Ruggierito volvió a su casa para cambiar de ropa y prepararse para la noche. De allí fue a visitar –en un Cadillac conducido por su chofer, Joselito- a su amante, Elisa Vecino, en la calle Dorrego al 200, en el barrio de Crucecita.
A las 9 de la noche, la pareja salió de la casa, acompañada por Ana Gallino y Héctor Moretti, un pistolero amigo de Ruggierito. Nadie vio al hombre que se acercaba desde la esquina, tampoco lo vieron desenfundar la pistola 45 con la que disparó. Las dos mujeres y Moretti solo escucharon un estampido y vieron caer fulminado a Juan Ruggiero.
Lo cargaron en el Cadillac, pero cuando llegaron al Hospital Fiorito el pistolero ya estaba muerto.
El asesino, que huyó en un Chrysler azul que lo esperaba en la esquina, nunca fue identificado, pero en esa zona gris de Avellaneda donde se mezclaban la política y el hampa el rumor sobre quién había ordenado matarlo se limitaba a cinco palabras pronunciadas en voz baja:
-Barceló ya no lo necesitaba.
La Tercera muerte, también rodeada de enigmas y un amor despechado de por medio es la que todo el mundo conoce y no vale la pena desarrollar.
Respecto de Ruggiero y en virtud de mis referencias sobre él en el barrio, puedo afirmar que eran así aquellos tiempos donde incluso la ley avalaba hasta los duelos a mano armada. Fuera del ámbito bestial de la política era una buena persona. Y con códigos y valores que hoy ya no existen.
